El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Hasta aquel momento no más ilusiones, no más luchas, porque mi vida se quebrantaría —exclamó el joven llevándose al pecho sus blancos y flacos dedos—. ¡Oh!, ¡qué pequeño es este calabozo, qué baja esa ventana, qué estrechas esas puertas! ¿Cómo puede haber pasado por ellas, cómo puede haber cabido aquí tanto orgullo, tanta felicidad, tanto esplendor?

—Vuestra Alteza me colma de satisfacción al suponer que yo he traído cuanto acaba de manifestar.

Dichas estas palabras, Aramis se acercó a la puerta y llamó a ella con los nudillos.

Casi inmediatamente después el carcelero abrió, acompañado del gobernador, quien, devorado por la inquietud y el temor, empezaba a escuchar a la puerta del calabozo.

Por fortuna ninguno de los dos interlocutores se había olvidado de bajar la voz, aun en los más impetuosos arranques de la pasión.

—¡Qué confesión tan larga! —dijo Baisemeaux haciendo un esfuerzo para reírse—. ¿Quién dijera que un recluso, un hombre poco menos que difunto, pudiese haber cometido tantos y tan largos pecados?

Aramis guardó silencio. No veía el instante de salir de la Bastilla, de la que aumentaba en tercio y quinto el peso de las murallas el secreto que lo abrumaba.


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