El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Hablemos de negocios, mi querido gobernador —dijo Aramis asà que hubo llegado al aposento de Baisemeaux.
—¡Ay! —exclamó por toda respuesta el gobernador.
—¿No tenéis que pedirme mi recibo por ciento cincuenta mil libras? —dijo el prelado.
—Y pagar el primer tercio de ellas —añadió el pobre gobernador exhalando un suspiro y adelantando tres pasos hacia su armario de hierro.
—Aquà está el recibo —dijo Aramis.
—Y aquà está el dinero —repuso Baisemeaux lanzando una sarta de suspiros.
—La orden sólo me ha dicho que os entregara un recibo de cincuenta mil libras —dijo Herblay—, no que yo cobrase dinero. Adiós, señor gobernador.
Aramis salió, dejando a Baisemeaux más que sofocado por la sorpresa y la alegrÃa, en presencia de aquel regalo regio hecho con tal desprendimiento por el confesor extraordinario de la Bastilla.