El hombre de la máscara de hierro

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La colmena, las abejas y la miel

Después de su visita a la Bastilla y a toda prisa llegó a San Mandé el obispo de Vannes.

Toda la parte izquierda del piso primero estaba destinada a los epicúreos más célebres de París y al los más familiares de la casa, ocupados cada cual en su puesto, como abejas en sus alvéolos, en producir una miel destinada al panal real que Fouquet pensaba servir a Su Majestad durante las fiestas.

Pelissón, meditaba el prólogo de los «Importunos», comedia en tres actos que debía hacer representar Moliére; Loret escribía anticipadamente la crónica de las fiestas de Vaux; La Fontaine iba de uno en otro, como de flor en flor las abejas, distraído, incómodo, insoportable, zumbando y susurrando a la espalda de cada uno mil impertinencias poéticas. Y tantas incomodó a Pelissón, que éste levantó la cabeza y le dijo con voz destemplada:

—A lo menos tomad para mí un consonante, ya que os paseáis por los jardines del Parnaso.

—¿Qué consonante deseáis? —preguntó el fabulista, como le llamaba la Sevigné.

—Un consonante a «luz».

—«Capuz» —respondió La Fontaine.

—¡Hombre! no cuela hablar de capuces cuando uno ensalza las delicias de Vaux —dijo Loret.


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