El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Además de que «luz y capuz» no consuenan —repuso Pelissón.
—¡Cómo que no consuenan! —exclamó La Fontaine con ademán de sorpresa.
—No; yo advierto que tenéis una costumbre malÃsima, tan mala, que a ella deberéis el no llegar nunca a ser verdadero poeta. Rimáis que es una lástima.
—¿De veras opináis asÃ, Pelissón? —dijo La Fontaine.
—De veras. No olvidéis que un consonante nunca es bueno cuando puede hallarse otro mejor.
—Digo que toda mi vida seré un jumento, mi querido compañero —dijo La Fontaine exhalando un profundo suspiro—. Por lo que se ve, rimo desastrosamente.
—Hacéis mal.
—¿Lo veis? soy un faquÃn.
—¿Quién dice tal?
—Pelissón. ¿No me habéis dicho que yo era un faquÃn, Pelissón? —Pelissón absorto otra vez en la composición de su prólogo, se guardó de contestar.
—Si Pelissón ha dicho que erais un faquÃn —repuso Moliére—, os ha inferido una ofensa grave.
—¿De veras?
—Y pues sois noble, os aconsejo que no dejéis impune tal injuria.
—¡Ay! —exclamó La Fontaine.
—¿Os habéis batido alguna vez?