El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Una, con un teniente de caballerÃa ligera.
—¿Qué os hizo?
—Parece que sedujo a mi mujer.
—¡Ah! —repuso Moliére palideciendo ligeramente.
Pero como al oÃr lo que acababa de decir La Fontaine, los demás habÃan vuelto el rostro. Moliére conservó en sus labios su burlona sonrisa, y continuó haciendo hablar al fabulista, a quien preguntó:
—¿Qué resultó del duelo?
—Resultó que mi adversario me desarmó, y luego y después de darme toda clase de satisfacciones, me prometió no volver a poner nunca más los pies en mi casa.
—¿Y vos os disteis por satisfecho? —preguntó Moliére.
—Al contrario. Recogà mi espada, y le dije a mi adversario que no me habÃa batido con él porque fuese el amante de mi mujer, sino porque me habÃan dicho que debÃa batirme: y que como nunca habÃa sido yo tan dichoso como en aquel tiempo, me hiciese la merced de continuar frecuentando mi casa, como antes, so pena de reanudar el duelo. De modo que el teniente se vio obligado a seguir galanteando a mi mujer, y yo continué siendo el marido más feliz de la tierra.
Al oÃr las palabras de La Fontaine, todos se rieron.