El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro En este apareció el obispo de Vannes, con un rollo de planos y pergaminos debajo del brazo.
Como si el ángel de la muerte hubiese helado aquellas vivas y placenteras imaginaciones, todo quedó repentinamente envuelto en el más profundo silencio, y cada cual recobró su impasibilidad y su pluma.
Aramis distribuyó esquelas de convite entre los presentes, y les dio las gracias en nombre del señor Fouquet. Díjoles que retenido el superintendente en su gabinete por el trabajo, solicitaba de aquellos que le enviasen algo de su labor del día para hacerle olvidar a él la fatiga de su trabajo nocturno.
Estas palabras hicieron bajar la frente a todos. Hasta La Fontaine se sentó a una mesa y empezó a escribir velozmente. Pelissón puso en limpio su prólogo; Moliere entregó cincuenta versos calentitos, Loret, su artículo sobre las maravillosas fiestas de que el se hiciera profeta, y Aramis encargado de recoger el botín como el rey de las abejas, se volvió a sus habitaciones, silencioso y atareado, después de haber dicho a los circunstantes que se preparasen para ponerse en camino el día siguiente por la tarde.
—En este caso tengo que avisar a los de mi casa —dijo Moliere.
—¡Ah! es verdad —repuso Loret sonriéndose—. El pobre Moliere «ama» a su mujer.