El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —«Amo», sà —replicó Moliere sonriéndose de manera suave y triste—. «Amo», pero esto no quiere decir que «me amen».
—Pues yo estoy seguro de que me aman en Chateau-Thierry —dijo La Fontaine.
En esto volvió a entrar Aramis, y preguntó:
—¿Quién se viene conmigo? Voy a decir dos palabras al señor Fouquet, y dentro de un cuarto de hora salgo para ParÃs. Ofrezco mi carroza.
—Como tengo prisa, acepto —dijo Moliere.
—Yo como aquà —repuso Lores—. Gourville me ha ofrecido langostines… ¿Habéis oÃdo? ¡Langostines!… Vaya, La Fontaine, busca una consonante.
Aramis salió en compañÃa de Moliere como él sabÃa hacerlo, y al llegar al pie de la escalera oyó que La Fontaine entreabrÃa la puerta y decÃa a voces:
—¿Te ha ofrecido langostines?
—Él se sabrá con qué fines.
Las carcajadas de los epicúreos redoblaron y llegaron hasta los oÃdos de Fouquet, en el instante en que Aramis abrÃa la puerta de su gabinete.
Moliere, se habÃa encargado de ordenar que engancharan, mientras Herblay iba a ver al superintendente para ponerse de acuerdo con él.
—¡Cómo rÃen arriba! —dijo Fouquet exhalando un suspiro.
—¿Y vos no os reÃs, monseñor?