El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Ya se acabó para mà el reÃr, señor de Herblay.
—La fiesta se acerca.
—Y el dinero se aleja.
—¿No os he dicho y repetido que eso corrÃa de mi cuenta?
—Me habéis ofrecido millones.
—Estarán en vuestro poder al dÃa siguiente de la entrada del rey en Vaux.
Fouquet dirigió una escrutadora mirada a Aramis, y se pasó una helada mano por su humedecida frente. Aramis comprendió que el superintendente dudaba de él, o conocÃa la imposibilidad en que se hallaba de hacerse con dinero; porque, ¿cómo podÃa Fouquet suponer que un pobre obispo, antiguo cura, antiguo mosquetero, lo hallase?
—¿Por qué dudáis? —preguntó Aramis. Y al ver que el superintendente se limitaba a sonreÃrse y a mover la cabeza, añadió—: ¡Hombre de poca fe!
—Mi querido señor de Herblay —repuso Fouquet—. Si caigo…
—¿Qué?
—A lo menos caeré de tan inmensa altura, que en mi caÃda me desmenuzaré. —Y moviendo la cabeza como para sustraerse a sà mismo, preguntó—: ¿De dónde venÃs, mi buen amigo?
—De ParÃs.