El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¡Ah!
—De casa de PercerÃn.
—¿A qué habéis ido a casa de PercerÃn? Porque supongo que no dais una importancia tan grande como eso a los trajes de nuestros poetas.
—Me ha llevado a casa de PercerÃn el deseo de proporcionar una sorpresa.
—¡Una sorpresa! ¿Qué es ello?
—Una sorpresa que vais a dar al rey.
—¿Costará cara?
—¡Bah! cien doblones para Le Brun.
—¿Una pintura? Me alegro. Pero ¿qué debe representar la pintura esa?
—Ya os lo diré luego. De paso, y por más que digáis, he inspeccionado los trajes de nuestros poetas.
—¿Son elegantes, ricos?
—MagnÃficos; pocos grandes señores los ostentarán parecidos. Asà se verá la diferencia que va de los cortesanos de la riqueza a los de la amistad.
—¡Agudo y generoso como siempre, mi querido prelado!
—Pertenezco a vuestra escuela.
—¿Y adónde vais ahora? —preguntó Fouquet estrechando la mano de Herblay.
—A parÃs en cuanto me dais una carta.
—¿Para quién?
—Para Lyonne.