El Paje del duque de Saboya

El Paje del duque de Saboya

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XI

Odoardo Maraviglia

Al marcharse bastóle a Manuel Filiberto mirar al preso, para confirmarse en la idea de que iba a tratar con un caballero, y llamando al jefe de los cuatro soldados, le dijo:

—Amigo mío, por mandato del emperador, dentro de cinco minutos conducirás a ese hombre a mi tienda.

Bien pudiera Manuel dejar de invocar el nombre de Carlos V, pues sobre saber que éste le había delegado todos sus poderes, los soldados le apreciaban mucho y obedecían como al emperador mismo.

—Cumpliré la orden, Alteza —repuso el sargento.

Encaminóse el duque a su tienda, la cual no era, como la de Carlos V, un lujoso pabellón dividido en cuatro compartimientos, sino la tienda de un soldado con dos piezas separadas por una sencilla cortina.

Scianca-Ferro hallábase sentado a la puerta.

—No te muevas de ahí —le dijo Manuel—, y toma cualquiera arma.

—¿Para qué?

—Van a traer a un hombre que ha intentado asesinar al emperador, y quiero preguntarle a solas; mírale cuando entre, y si faltando a la palabra que sin duda me dará, trata de fugarse, échale mano y cuidado con herirle, pues conviene que viva.


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