El Paje del duque de Saboya
El Paje del duque de Saboya Odoardo Maraviglia
Al marcharse bastóle a Manuel Filiberto mirar al preso, para confirmarse en la idea de que iba a tratar con un caballero, y llamando al jefe de los cuatro soldados, le dijo:
—Amigo mÃo, por mandato del emperador, dentro de cinco minutos conducirás a ese hombre a mi tienda.
Bien pudiera Manuel dejar de invocar el nombre de Carlos V, pues sobre saber que éste le habÃa delegado todos sus poderes, los soldados le apreciaban mucho y obedecÃan como al emperador mismo.
—Cumpliré la orden, Alteza —repuso el sargento.
Encaminóse el duque a su tienda, la cual no era, como la de Carlos V, un lujoso pabellón dividido en cuatro compartimientos, sino la tienda de un soldado con dos piezas separadas por una sencilla cortina.
Scianca-Ferro hallábase sentado a la puerta.
—No te muevas de ahà —le dijo Manuel—, y toma cualquiera arma.
—¿Para qué?
—Van a traer a un hombre que ha intentado asesinar al emperador, y quiero preguntarle a solas; mÃrale cuando entre, y si faltando a la palabra que sin duda me dará, trata de fugarse, échale mano y cuidado con herirle, pues conviene que viva.