El Paje del duque de Saboya

El Paje del duque de Saboya

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XXIX

Doble ventaja de conocer el dialecto picardo

Hasta ahora hemos hecho todos los honores del sitio a los sitiados, y cumple a la verdad que pasemos un instante al campo de los sitiadores.

Al tiempo en que Coligny y el grupo de oficiales, que hoy denominaríamos Estado Mayor, recorrían las murallas para enterarse de los medios defensivos de la ciudad, otro grupo no menos importante daba la vuelta a su recinto para estudiar los medios de ataque. Componíase este grupo de Manuel Filiberto, de los condes de Egmont, Horn, Sehwarzembourg y Mansfeld, y de los duques Erico y Ernesto de Brunswick.

Entre los oficiales que componían otro grupo, detrás del primero, cabalgaba nuestro antiguo amigo Scianca-Ferro, siempre indiferente a todo, menos a la vida y honra de su querido Manuel. Por orden expresa de éste, Leona se había quedado en Cambrai con el resto de la servidumbre del duque.

El resultado de la observación fue que, protegida la ciudad por débiles murallas, y careciendo de suficiente guarnición y artillería, no podía resistir más allá de cinco o seis días. Y así lo notificó el duque Manuel a Felipe II, que también se había quedado en Cambrai.


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