El Paje del duque de Saboya
El Paje del duque de Saboya Dos fugitivos
El ciervo acosado por los perros no sale del bosque ni devora la llanura con más velocidad que el pelinegro mancebo, quien parecía adolecer de una inconcebible irritabilidad nerviosa ante los ahorcados, gente, no obstante, mucho menos temible después que antes de la mortal operación.
El sólo cuidado que tomó al llegar a la linde del sotillo fue volver las espaldas a San Quintín y correr en dirección enteramente opuesta a la ciudad; el único deseo que, al parecer tenía era alejarse de allí cuanto antes.
Por consiguiente, el fugitivo corrió tres cuartos de hora, y de tal modo, que apenas le hubiera aventajado un andariego de profesión. De manera que en aquel tiempo hizo casi dos leguas de camino y hallóse entre Essigny-le-Gránd y Gibecourt.
Dos cosas obligaron al fugitivo a pararse instantáneamente; faltábale el aliento, y el terreno era tan quebrado, que sólo podía caminar con suma precaución, so pena de tropezar a cada instante. Así pues, en la manifiesta imposibilidad de ir más lejos, tendióse a lo largo en un altillo, semejante al venado jadeante de cansancio.