El Paje del duque de Saboya
El Paje del duque de Saboya Espera
La nueva de la pérdida de la batalla de San Quintín resonó cual inesperado trueno en toda Francia, y especialmente en el palacio de San Germán.
Al condestable de Montmorency, veterano caprichoso e ignorante, para no caer en entera desgracia nunca le fue más necesario el inexplicable apoyo que cerca de Enrique II le prestaba el consecuente e inalterable favor de Diana de Potiers.
Efectivamente, el golpe era terrible: la mitad de la nobleza estaba ocupada con el duque de Guisa en la conquista de Nápoles y la otra mitad aniquilada, de manera que unos cuantos nobles escapados sin aliento de aquella gran mortandad, y agrupados en torno del duque de Nevers, herido en el muslo, formaban toda la fuerza activa que a Francia quedaba.
Cuatro o cinco tristes ciudades, mal protegidas por débiles murallas, casi sin abastecer, con cortas guarniciones: Ham, La Fère, el Catelet, y cual centinela extraviado en medio del fuego, San Quintín, la menos fuerte, la menos defendible de aquellas ciudades.