El Paje del duque de Saboya

El Paje del duque de Saboya

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LVI

Un rey de Francia es esclavo de su palabra

Pocos minutos después entraban por una puerta el duque de Saboya y por la otra la princesa Margarita, quienes al ver que el rey había vuelto en sí mostraron en su alegre rostro la satisfacción que experimentaban. En efecto, merced al elixir casi mágica, observóse en el herido una notable mejoría relativamente al estado de letargo o postración en que ambos príncipes le dejaran.

Retrocedió Catalina un paso para ceder a Manuel y Margarita el sitio que junto al lecho ocupaba, y los dos se arrodillaron ante el moribundo monarca.

—Bien —dijo Enrique mirándoles con tierna y triste sonrisa—; bien estáis así, hijos míos, no os mováis.

—¡Oh, señor! —exclamó Manuel—, ¡qué esperanza!

—¡Oh, hermano! —dijo Margarita—, ¡qué dicha!

—Sí —murmuro Enrique—, hay una dicha, a Dios gracias, y es que he recobrado el conocimiento, más no hay esperanza, y como no debemos esperar lo que no puede ser, conviene darnos prisa. Manuel, tomad la mano de mi hermana.

El duque de Saboya obedeció.


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