El Paje del duque de Saboya
El Paje del duque de Saboya El 17 de noviembre
En la mañana del 17 de noviembre apeábase a la puerta de una casita de Oleggio un jinete embozado en una holgada capa y estrechaba en sus brazos a una dama casi desmayada de alegría, quien se sonrió al observar la interrogadora mirada de su apasionado.
El caballero era Manuel Filiberto, y la dama, Leona.
Si bien apenas hacía cinco meses desde que el duque dejara a Leona en Ecouen, hallábase muy desmejorada. Esta mudanza era la que se efectuaría en una flor que acostumbrada al aire y al sol, la trasladaran de repente a la sombra; la que se verificaría en un pájaro, cantor alado, a quien de pronto enjaularan; la flor perdería sus colores y el pájaro sus gorjeos.
Las mejillas de Leona estaban pálidas, sus ojos tristes, y su voz era grave. Transcurrido el primer momento de la dicha de volver a verse, y cambiadas las primeras palabras con las locas prodigalidades de la alegría, fijó Manuel una inquieta mirada, en la joven, cuyo rostro mostraba la funesta huella del dolor.
—Ya sé lo que buscas, Manuel amado —exclamó Leona—: buscas al paje del duque de Saboya, al alegre compañero de Niza y Hesdin, buscas al pobre León.
Suspiró Manuel, y ella continuó con melancólica sonrisa: