El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -Han arrestado al señor Van Baerle; lo han metido en un coche y acaban de expedirlo a La Haya.
-¡A La Haya!
-Sí, donde, si lo que dicen es verdad, no hará buen tiempo para él.
-¿Y qué dicen? -preguntó Boxtel.
-¡Cáspita, señor! Se dice, pero no es muy seguro, que los burgueses deben de estar a esta hora asesinando a los señores Corneille y Jean de Witt.
-¡Oh! -murmuró o más bien hipó Boxtel cerrando los ojos para no ver la terrible imagen que se ofrecía sin duda a su mirada.
«¡Cáspita! -exclamó para sí el criado al salir-. Es preciso que Mynheer Isaac Boxtel esté muy enfermó para no haber saltado del lecho ante semejante noticia.»
En efecto, Isaac Boxtel estaba muy enfermo; enfermo como un hombre que acaba de asesinar a otro. Pero él había asesinado a ese hombre con una doble finalidad; la primera estaba cumplida, faltaba cumplir la segunda.
Llegó la noche. La noche que esperaba Boxtel.
Se levantó del lecho y poco después se subía al sicomoro.
Había calculado bien: nadie pensaba en guardar el jardín; casa y criados estaban trastornados. Oyó sonar sucesivamente las diez, las once y medianoche.