El Tulipan Negro
El Tulipan Negro A la medianoche, con el corazón brincándole, las manos temblorosas y el rostro lívido, descendió del árbol, cogió una escalera, la aplicó contra el muro, subió hasta el penúltimo escalón y escuchó.
Todo estaba tranquilo. Ni un ruido turbaba el silencio de la noche.
Una sola luz brillaba en toda la casa.
La de la nodriza.
Ese silencio y esta oscuridad enardecieron a Boxtel.
Pasó una pierna por encima del muro, deteniéndose un momento sobre el remate; luego, bien seguro de que no había nada que temer, pasó la escalera de su jardín al de Cornelius y descendió.
Después, como sabía exactamente el lugar donde se hallaban enterrados los bulbos del futuro tulipán negro, corrió en su dirección, siguiendo sin embargo los senderos para no ser traicionado por la huella de sus pasos, y, llegado al sitio preciso, con una alegría salvaje, hundió sus manos en la tierra blanda.
No encontró nada y creyó haberse equivocado.
Mientras tanto, el sudor perlaba su frente.
Buscó al lado: nada.
Buscó a la derecha, a la izquierda: nada.
Buscó por delante y por detrás: nada.