El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Le faltó poco para volverse loco, cuando se dio cuenta por último que la tierra estaba removida ya desde aquella misma mañana.
En efecto, mientras Boxtel se hallaba en el lecho, Cornelius había descendido a su jardín desenterrando la cebolla, y como hemos visto, la había dividido en tres bulbos.
Boxtel no podía decidirse a abandonar el lugar. Había revuelto con sus manos más de tres metros cuadrados.
Finalmente, ya no le quedó ninguna duda de su desgracia.
Ebrio de cólera, alcanzó la escalera, pasó la pierna por encima del muro, alzó la escalera, tirándola a su jardín y saltó tras ella.
De repente, le embargó una última esperanza.
Que los bulbos estuvieran en el secadero.
Sólo se trataba de penetrar en el secadero como había penetrado en el jardín.
Allí los encontraría.
Por lo demás, la tarea no era mucho más difícil.
Las vidrieras del secadero se alzaban como las de un invernadero.
Cornelius van Baerle las había abierto aquella misma mañana y a nadie se le había ocurrido cerrarlas.