El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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Todo consistía en procurarse una escalera bastante larga, una escalera de seis metros en lugar de cuatro.

Boxtel había observado que en la calle donde vivía había una casa en reparación; a lo largo de aquella casa habían levantado una escalera gigantesca.

Esa escalera era la que necesitaba Boxtel, si los obreros no se la habían llevado. Corrió a la casa; la escalera estaba allí.

La cogió y se la llevó con gran trabajo a su jardín; con más trabajo todavía, la apoyó contra el muro que dividía su casa de la de su vecino Cornelius van Baerle.

La escalera alcanzaba de justeza las celosías.

Boxtel se metió una linterna sorda encendida en su bolsillo, subió por la escalera y penetró en el secadero.

Llegado a ese tabernáculo, se detuvo, apoyándose contra la mesa; las piernas le flaqueaban y su corazón latía hasta ahogarle.

Allí, era todavía peor que en el jardín: se diría que el aire del campo quitaba a la propiedad lo que tenía de respetable; el que salta por encima de un seto o escala un muro, se detiene ante la puerta o la ventana de una habitación.


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