El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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Aquel era realmente un hermoso cuadro para pintar y en todo digno del maestro Rembrandt: esa espiral negra de la escalera iluminada por el farol rojizo de Gryphus, con la sombría figura del carcelero en lo alto, la melancólica figura de Cornelius que se inclinaba sobre la barandilla para mirar; por debajo de él, encuadrado por el postigo luminoso, el suave rostro de Rosa, y su gesto púdico un poco inútil tal vez por la posición elevada de Cornelius, colocado sobre aquellos escalones desde donde su mirada acariciaba vaga y tristemente los hombros blancos y redondos de la joven.

Y, abajo, completamente en la sombra, en ese lugar de la escalera donde la oscuridad hace desaparecer los detalles, los ojos de carbunclo del moloso[4], sacudiendo su cadena de eslabones a la cual la doble luz de la lámpara de Rosa y del farol de Gryphus venía a agregarle unas brillantes lentejuelas.

Pero lo que el sublime maestro no habría podido plasmar en su cuadro, era la expresión dolorosa que apareció en el rostro de Rosa cuando vio a aquel hermoso joven, pálido, subir la escalera lentamente y pudo aplicarle esas siniestras palabras pronunciadas por su padre:

-Tendréis la habitación familiar.


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