El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Esta visión duró un momento, mucho más corto del que hemos empleado en describirla. Luego, Gryphus continuó su camino, Cornelius se vio obligado a seguirle, y cinco minutos después entraba en el calabozo que resulta inútil describir, porque el lector ya lo conoce.
Gryphus, después de haber mostrado con el dedo al prisionero el lecho sobre el que tanto había sufrido el mártir que en aquella misma jornada había rendido su alma a Dios, recogió su farol y salió.
En cuanto a Cornelius, una vez solo, se arrojó sobre el lecho, pero no se durmió. No cesó de fijar su mirada en la estrecha ventana enrejada que tomaba su día de la Buytenhoff; de esta forma vio blanquear más allá de los árboles ese primer rayo de luz que el cielo deja caer sobre la tierra como un blanco manto.
Aquí y allá, durante la noche, algunos rápidos caballos habían galopado por la Buytenhoff; los pasos pesados de las patrullas habían golpeado los pequeños guijarros redondos de la plaza, y las mechas de los arcabuces, encendiéndose al viento del oeste, habían lanzado hasta los vidrios de la prisión intermitentes destellos.