El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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Pero cuando el naciente día argentó la techumbre acaballada de las casas, Cornelius, impaciente por saber si algo vivía a su alrededor, se acercó a la ventana y paseó circularmente una triste mirada. En el extremo de la plaza, se alzaba una masa negruzca teñida de azul oscuro por las brumas matinales, destacando sobre las pálidas casas su silueta irregular.

Cornelius reconoció el patíbulo.

De este patíbulo colgaban dos informes pingajos que no eran más que unos esqueletos todavía sangrantes.

El buen pueblo de La Haya había despedazado las carnes de sus víctimas, pero las había traído fielmente al patíbulo para dar pretexto a una doble inscripción trazada sobre una enorme pancarta. Y sobre aquella pancarta, con sus ojos de veintiocho años, Cornelius consiguió leer las líneas trazadas con el grueso pincel de algún embadurnador de rótulos: Aquí cuelgan: el gran criminal llamado Jean de Witt, y el pequeño bribón Corneille de Witt, su hermano, dos enemigos del pueblo, pero grandes amigos del rey de Francia.

Cornelius lanzó un grito de horror, y en un transporte de terror delirante golpeó la puerta con pies y manos, tan rudamente y tan precipitadamente que Gryphus acudió furioso, con su manojo de enormes llaves en la mano.


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