El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Abrió la puerta profiriendo horribles imprecaciones contra el prisionero que le importunaba en horas en las que no se acostumbraba a importunar.
-¡Encima esto! Otro De Witt furioso -exclamó-. ¡Pero estos De Witt tienen el diablo en el cuerpo!
-Señor, señor -dijo Cornelius agarrando al carcelero por el brazo y arrastrándole hacia la ventana.- Señor, ¿qué he leído allá abajo?
-¿Dónde?
-En aquella pancarta.
Y temblando, pálido y jadeante, le señaló, en el fondo de la plaza, el patíbulo coronado por la cínica inscripción.
Gryphus se echó a reír.
-¡Ah, eso! -respondió-. Sí, la habéis leído… ¡Pues bien, mi querido señor!, ahí es donde se llega cuando se mantienen relaciones con los enemigos del señor príncipe de Orange.
-¡Los señores De Witt han sido asesinados! -murmuró Cornelius, el sudor bañándole la frente y dejándose caer sobre el colchón, los brazos colgando, los ojos cerrados.
-Los señores De Witt han sufrido la justicia del pueblo -replicó Gryphus-. ¿Llamáis a eso asesinato? Yo digo mejor, ejecutados.