El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Y, viendo que el prisionero no sólo se había calmado, sino que permanecía postrado, salió de la celda, tirando de la puerta con violencia, y haciendo correr los cerrojos con ruido.
Volviendo en sí, Cornelius se halló solo y reconoció el aposento en el que se encontraba, la "habitación familiar", como la había llamado Gryphus, como el paso fatal que había de conducirle a una triste muerte.
Y como era un filósofo, como era sobre todo un cristiano, comenzó por rogar por el alma de su padrino, luego por la del ex gran pensionario; después, por último, se resignó él mismo a todos los males que Dios quisiera enviarle.
Luego, después de haber descendido del cielo a la tierra, de haber entrado de la tierra a su calabozo, de haberse asegurado bien de que en el calabozo estaba solo, sacó de su pecho los tres bulbos del tulipán negro y los ocultó detrás de la piedra de arenisca sobre la que se colocaba el cántaro tradicional, en el rincón más oscuro de la celda.
¡Inútil labor de tantos años! ¡Destrucción de tan dulces esperanzas! ¡Su descubrimiento iba pues a desembocar en la nada como él en la muerte… ! En esta prisión, sin una brizna de hierba, sin un átomo de tierra; sin un rayo de sol.