El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Pero no se le ocurrió la idea de aprovecharse de este accidente; había visto la forma en que el brazo se había doblado y el ruido que había hecho; sabía que existía fractura y dolor; no pensó en otra cosa que en socorrer al herido, por mal intencionado que le hubiera parecido en la única entrevista que había tenido con él. Al ruido que Gryphus hizo al caer, al gemido que había dejado escapar, se oyó un paso precipitado en la escalera, y a la aparición que siguió inmediatamente al rumor de ese paso, Cornelius profirió un pequeño grito al que respondió el grito agudo de una joven.
La que había respondido al grito lanzado por Cornelius era la bella frisona, que viendo a su padre tendido en el suelo y al prisionero inclinado sobre él, creyó al principio que Gryphus, cuya brutalidad conocía, había caído a continuación de una lucha sostenida entre aquél y su padre. Cornelius comprendió lo que ocurría en el corazón de la joven en el mismo momento en que la sospecha entraba en la mente de aquélla.
Pero traída por la primera ojeada a la verdad, y avergonzada por lo que había llegado a pensar, levantó hacia el joven sus bellos ojos húmedos, diciendo:
-Perdón y gracias, señor. Perdón por lo que había pensado, y gracias por lo que vos hacéis. Cornelius enrojeció.
-No hago más que cumplir con mi deber de cristiano -contestó-, al socorrer a mi semejante.