El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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Entonces Cornelius leyó a Rosa el testamento que acababa de hacer.

Los sollozos de la pobre niña se redoblaron.

-¿Aceptáis mis condiciones? -preguntó el prisionero sonriendo con melancolía y besando la punta de los dedos temblorosos de la bella frisona.

-¡Oh! No sabría, señor -balbuceó ella.

-No sabríais, niña mía, y ¿por qué?

-Porque hay una condición que no podría mantener.

-¿Cuál? Creo, sin embargo, haber hecho lo conveniente para nuestro tratado de alianza.

-¿Me dais vos los cien mil florines a título de dote?

-Sí.

-¿Y para casarme con el hombre que ame?

-Sin duda.

-¡Pues bien!, señor, ese dinero no puede ser para mí. No amaré jamás a nadie y no me casaré.

Y después de estas palabras penosamente pronunciadas, Rosa dobló las rodillas y estuvo a punto de desmayarse de dolor.

Cornelius, asustado al verla tan pálida y desfallecida, iba a cogerla en sus brazos, cuando un paso pesado, seguido de otros ruidos siniestros, sonó en las escaleras acompañado por los ladridos del perro.


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