El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -¡Vienen a buscaros! -exclamó Rosa retorciéndose las manos-. ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! Señor, ¿no tenéis nada más que decirme?
Y cayó de rodillas, con la cabeza hundida en sus brazos, y completamente sofocada por los sollozos y las lágrimas.
-Tengo que deciros que guardéis celosamente vuestros tres bulbos y los cuidéis según las prescripciones que os he dado, y por mi amor. Adiós, Rosa.
-¡Oh, sÃ! -murmuró ésta, sin levantar la cabeza-. ¡Oh, sÃ! Haré todo lo que vos habéis dicho. Excepto casarme -añadió por lo bajo-. Porque esto, ¡oh!, esto, lo juro, es para mà una cosa imposible.
Y hundió en su seno palpitante el querido tesoro de Cornelius.
Este ruido que habÃan oÃdo Cornelius y Rosa, era el que hacÃa el carcelero que volvÃa a buscar al condenado, seguido del ejecutor, de los soldados destinados a la guardia del patÃbulo, y de los curiosos habituales de la prisión.
Cornelius, sin debilidad, pero sin fanfarronerÃa, los recibió como amigos más que como perseguidores y se dejó imponer las condiciones que quisieron aquellos hombres para la ejecución de su oficio.