El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Luego, de una ojeada lanzada sobre la plaza por su pequeña ventana enrejada, percibió el patíbulo, y a veinte pasos del patíbulo, la horca, de la cual habían sido descolgadas por orden del estatúder, las reliquias ultrajadas de los dos hermanos De Witt.
Cuando se dispuso a descender para seguir a los guardias, Cornelius buscó con los ojos la mirada angelical de Rosa; pero no vio detrás de las espadas y las alabardas más que un cuerpo tendido al lado de un banco de madera y un rostro lívido medio velado por unos largos cabellos.
Pero al caer inanimada, Rosa, para seguir obedeciendo a su amigo, había apoyado su mano sobre su corpiño de terciopelo, e incluso en el olvido de toda vida, continuaba recogiendo instintivamente el precioso depósito que le había confiado Cornelius.
Y al abandonar el calabozo, el joven pudo entrever en los dedos crispados de Rosa la hoja amarillenta de aquella Biblia sobre la que Corneille de Witt había escrito tan penosa y dolorosamente aquellas líneas que, si Cornelius las hubiese leído, habrían salvado infaliblemente a un hombre y a un tulipán.