El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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No era ni en sus enemigos, ni en sus jueces, ni en sus verdugos.

Era en los bellos tulipanes que vería desde lo alto del cielo, bien en Ceilán, bien en Bengala, bien más lejos, cuando sentado con todos los inocentes a la derecha de Dios, pudiera contemplar con piedad esta tierra donde habían degollado a los señores Jean y Corneille de Witt por haber pensado demasiado en la política, y donde iban a degollar al señor Cornelius van Baerle por haber pensado demasiado en los tulipanes.

«Cuestión de un golpe de espada -decía el filósofo-, y mi bello sueño comenzará.»

Solamente quedaba por saber si como al señor De Chalais, al señor De Thou, y otras gentes mal ajusticiadas, el verdugo no le reservaba más de un golpe, es decir, más de un martirio, al pobre tulipanero.

No por ello Van Baerle subió menos resueltamente los escalones del patíbulo.

Subió orgullosamente, porque lo estaba, de ser el amigo de aquel ilustre Jean y el ahijado de aquel noble Corneille que los bellacos, reunidos para verle, habían despedazado y quemado tres días antes y colgado en aquel mismo lugar.


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