El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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Entre todos aquellos espectadores que la ejecución de Van Baerle había atraído a la Buytenhoff, y a los que el giro de los acontecimientos había contrariado un poco, el que más era, evidentemente, cierto burgués vestido adecuadamente y que, desde la mañana, había empleado tan bien los pies y las manos, que había llegado a no estar separado del patíbulo más que por la fila de soldados que rodeaban el instrumento de suplicio.

Muchos se habían mostrado ávidos de ver correr la sangre pérfida del culpable Cornelius; pero nadie había puesto en la expresión de este funesto deseo el encarnizamiento que había empleado el burgués en cuestión.

Los más furiosos habían acudido a la Buytenhoff al rayar el día para obtener un buen puesto; pero él, adelantándose a los más furiosos, había pasado la noche en el umbral de la prisión, y de la prisión había llegado a la primera fila, como hemos dicho, «unguibus et rostro», acariciando a los unos y golpeando a los otros.

Y cuando el verdugo había conducido a su condenado al patíbulo, el burgués, subido a un mojón de la fuente para mejor ver y ser visto mejor, había hecho al verdugo un gesto que significaba: «Está convenido, ¿verdad?»

Gesto al que el verdugo había respondido con otro que quería decir: «Estad tranquilo.»


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