El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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Existen ciertas catástrofes que la pluma de un pobre escritor no puede describir, viéndose obligado a dejar suelta la imaginación de sus lectores en toda la simplicidad del hecho.

Boxtel, pasmado, cayó de su mojón sobre algunos orangistas descontentos como él del giro que acababa de tomar el asunto, los cuales, creyendo que los gritos lanzados por Mynheer Isaac, lo eran de alegría, le colmaron de puñetazos, que, ciertamente, no hubieran sido mejor dados por el bando contrario.

Pero ¿qué podían añadir algunos puñetazos al dolor que sentía Boxtel?

Quiso entonces correr hacia la carroza que se llevaba a Cornelius con sus bulbos. Pero en su apresuramiento, no vio un adoquín que sobresalía, tropezó, perdió su centro de gravedad, rodó diez pasos y sólo se levantó enloquecido, magullado, cuando todo el fangoso populacho de La Haya hubo pasado por encima de su cuerpo.

Dentro de estas circunstancias, Boxtel, que se hallaba en vena de desgracias, lo fue también por sus ropas desgarradas, su espalda martirizada y sus manos arañadas.

Podría creerse que esto ya era bastante para Boxtel.

Nos equivocaríamos.


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