El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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Boxtel pagó por adelantado y esperó.

Juzguemos después de esto si Boxtel estaba emocionado, si vigilaba a los guardias y al carcelero, si los movimientos de Van Baerle le inquietaban: cómo se colocaría éste sobre el tajo, cómo caería; si al caer no aplastaría en su caída los inestimables bulbos; ¿habría tenido cuidado al menos de encerrarlos en una caja de oro, por ejemplo, ya que el oro era el más duro de todos los metales?

No intentaremos describir el efecto producido en este digno mortal por la detención producida en la ejecución de la sentencia. ¿Para qué perdía el tiempo el verdugo haciendo brillar su espada por encima de la cabeza de Cornelius, en lugar de abatir aquella cabeza? Pero cuando vio al carcelero coger la mano del condenado, levantarlo mientras sacaba de su bolsillo un pergamino; cuando oyó la lectura pública de la gracia concedida por el estatúder, Boxtel no fue ya un hombre. La rabia del tigre, de la hiena y de la serpiente estalló en sus ojos, en su grito, en su gesto; si se hubiera hallado al alcance de Van Baerle, se habría lanzado sobre él y lo habría asesinado.

Así pues, Cornelius viviría, Cornelius iría a Loevestein; y se llevaría sus bulbos a la prisión, y tal vez encontraría un jardín donde hacer florecer el tulipán negro.


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