El Tulipan Negro

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Mynheer Boxtel fue, pues, a buscar al verdugo, se presentó a él como un gran amigo del condenado, y menos las joyas de oro y el dinero que dejaba al ejecutor, compró todos los expolios del futuro muerto por la suma un poco exorbitante de cien florines. Pero ¿qué eran cien florines para un hombre casi seguro de adquirir por esa suma el premio de la Sociedad de Haarlem?

Aquello era dinero invertido al mil por uno, lo que resulta, hay que convenir en ello, una bonita imposición.

La tarea del verdugo, por su parte, era casi nula para ganarse sus cien florines. Sólo debía, acabada la ejecución, dejar a Mynheer Boxtel subir al patíbulo con sus criados para recoger los restos inanimados de su amigo.

Lo que, por lo demás, estaba en uso entre los fieles cuando uno de sus maestros moría públicamente en la Buytenhoff.

Un fanático como Cornelius podía muy bien tener otro fanático que diera cien florines por sus reliquias.

Así pues, el verdugo aceptó la proposición. No había puesto más que una condición: que sería pagado por adelantado.

Boxtel, como las gentes que entran en las barracas de feria, podía no quedar contento y, por consiguiente, no querer pagar al salir.


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