El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Mientras Cornelius, a ese respecto, amontonaba pensamiento sobre pensamiento, deseos sobre inquietudes, el postigo colocado en la puerta de su celda se abrió, y Rosa, resplandeciente de alegría, de compostura, bella sobre todo por la pena que había empalidecido sus mejillas desde hacía cinco meses, pegó su rostro al enrejado de Cornelius diciéndole:
-¡Oh, señor! Señor, aquí estoy.
Cornelius extendió el brazo, miró al cielo y lanzó un grito de alegría.
-¡Oh! ¡Rosa, Rosa! -exclamó.
-¡Silencio! Hablemos bajo, mi padre me sigue -advirtió la joven.
-¿Vuestro padre?
-Sí, está en el patio, al pie de la escalera, recibe las instrucciones del gobernador, va a subir.
-¿Las instrucciones del gobernador… ?