El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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-Escuchadme, voy a tratar de decíroslo todo en dos palabras: El estatúder tiene una casa de campo a una legua de Leiden, una gran lechería no es otra cosa: mi tía, su nodriza, es la que lleva la dirección de todos los animales que están encerrados en esa granja. Cuando recibí vuestra carta no pude leerla, por desgracia, pero cuando vuestra nodriza me la leyó, corrí a casa de mi tía; allí me quedé hasta que el príncipe vino a la lechería, y cuando vino, le pedí que mi padre cambiara sus funciones de primer portallaves de la prisión de La Haya por las funciones de carcelero de la fortaleza de Loevestein. No se imaginaba mi propósito; de haberlo sabido, tal vez hubiera rehusado; por el contrario, lo concedió.

-De forma que estáis aquí.

-Como veis.

-¿De forma que os veré todos los días?

-Lo más a menudo que pueda.

-¡Oh, Rosa! ¡Mi bella madona Rosa! -dijo Cornelius-. ¿Me amáis, pues, un poco?

-Un poco… -contestó ella-. ¡Oh! No sois bastante exigente, señor Cornelius.

Cornelius le tendió apasionadamente las manos, pero sólo sus dedos pudieron tocarse a través del enrejado.

-¡Aquí está mi padre! -exclamó la joven.


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