El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -En verdad -dijo con aquella coquetería que late en el corazón de toda joven- en verdad, he lamentado muy a menudo no saber leer; pero nunca tanto y de la misma forma que cuando vuestra nodriza me trajo vuestra carta; tenía en mi mano esa carta que hablaba para los demás y que, pobre tonta que soy, estaba muda para mí.
-¿Habéis lamentado a menudo no saber leer? -preguntó Cornelius-. ¿Y con qué motivo?
-Toma -dijo la joven riendo- para leer todas las cartas que me escribían.
-¿Vos recibíais cartas, Rosa?
-Por centenares.
-Pero ¿quién os las escribía… ?
-¿Quién me escribía? Primero, todos los estudiantes que pasaban por la Buytenhoff, todos los oficiales que iban a la plaza de armas, todos los dependientes e incluso los mercaderes que me veían en mi ventana.
-¿Y con todas esas notas, querida Rosa, qué hacíais vos?
-Unas veces -respondió Rosa- me las hacía leer por alguna amiga, y esto me divertía mucho, pero al cabo de cierto tiempo, ¿para qué perderlo escuchando todas esas tonterías? Las quemaba.
-¡Al cabo de cierto tiempo! -exclamó Cornelius con una mirada turbada a la vez por el amor y la alegría.
Rosa bajó los ojos, ruborizada.