El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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-Hubieran sido míos después de vuestra muerte y estáis vivo, por fortuna. ¡Ah! Cómo he bendecido a Su Alteza. Si Dios concede al príncipe Guillermo todas las felicidades que le he deseado, el rey Guillermo será ciertamente no sólo el hombre más dichoso de su reino sino de toda la tierra. Vos estáis vivo, digo, y aunque conservando la Biblia de vuestro padrino Corneille, estaba resuelta a traeros vuestros bulbos; solamente, que no sabía cómo hacerlo. Ahora bien, acababa de tomar la resolución de ir a pedir al estatúder la plaza de carcelero de Gorcum para mi padre, cuando la nodriza me trajo vuestra carta. ¡Ah! Lloramos mucho juntas, os respondo de ello. Pero vuestra carta no hizo más que reafirmarme en mi resolución. Entonces fue cuando partí para Leiden; ya sabéis el resto.

-¿Cómo, querida Rosa -exclamó Cornelius- pensabais, antes de recibir mi carta, venir a reuniros conmigo?

-¡Sí, pensaba en ello! -respondió Rosa dejando que su amor pasara por delante de su pudor-. ¡Pero si no pensaba en otra cosa!

Y diciendo estas palabras, Rosa se puso tan bella que, por segunda vez, Cornelius precipitó su frente y sus labios contra el enrejado, sin duda para agradecérselo a la hermosa joven.

Rosa retrocedió como la primera vez.


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