El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -Me daréis otro que intentaré criar aquí en mi habitación, lo que me ayudará a pasar estas largas horas durante las cuales no os veo. Apenas tengo esperanzas de conseguirlo, os lo confieso, y por adelantado, considero a ese desgraciado como sacrificado a mi egoísmo. Sin embargo, el sol me visita alguna que otra vez. Sacaré artificialmente partido de todo, incluso del calor y de la ceniza de mi pipa. Por último tendremos, o más bien tendréis en reserva el tercer bulbo, nuestro último recurso en el caso de que nuestras dos primeras experiencias fracasen. De esta manera, mi querida Rosa, es imposible que no lleguemos a ganar los cien mil florines de vuestra dote y procurarnos la suprema dicha de ver el éxito de nuestra obra.
-He comprendido -dijo Rosa-. Mañana os traeré la tierra, vos escogeréis la mía y la vuestra. En cuanto a la vuestra, necesitaré vanos viajes, porque no podré traeros más que un poco cada vez.
-¡Oh! No tenemos prisa, querida Rosa; nuestros tulipanes no deben ser enterrados antes de un mes. Así pues, ya veis que disponemos de mucho tiempo; sólo que, para plantar vuestro bulbo, seguiréis todas mis instrucciones, ¿no?
-Os lo prometo.