El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -¡Oh! No me regañéis -imploró la joven-, no ha sido por mi culpa. Mi padre ha renovado conocimiento en Loevestein con un buen hombre que iba frecuentemente a visitarlo en La Haya. Es un pobre diablo, amigo de la botella, y que cuenta divertidas historias, además de ser un gran pagador que no retrocede ante una invitación.
-¿No le conocíais de antes? -preguntó Cornelius asombrado.
-No -respondió la joven-. Fue al cabo de unos quince días cuando mi padre se apasionó por ese recién llegado, tan asiduo en sus visitas.
-¡Oh! -exclamó Cornelius moviendo la cabeza con inquietud, porque todo nuevo suceso presagiaba para él una catástrofe-. Tal vez se trate de algún espía del tipo de los que envían a las fortalezas para vigilar conjuntamente a los prisioneros y a los guardianes.
-No lo creo -contestó Rosa sonriendo-. Si ese hombre espía a alguien, no es a mi padre.
-¿A quién, entonces?
-A mí, por ejemplo.
-¿A vos?
-¿Por qué no? -dijo riendo Rosa.
-¡Ah! Es verdad -suspiró Cornelius-. Vos no tendréis pretendientes siempre en vano, Rosa, y ese hombre puede convertirse en vuestro marido.
-No digo que no.