El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -Juzgad mi alegría, Rosa. Esta mañana lo miraba al sol, después de haber separado cuidadosamente la capa de tierra que cubre al bulbo, y he visto asomar la punta del primer brote; ¡ah, Rosa! Mi corazón se ha fundido de alegría. Esa imperceptible yema blancuzca, que un ala de mosca destrozaría al rozarla, esa sospecha de existencia que se revela por un incomprensible testimonio, me ha emocionado más que la lectura de aquella orden de Su Alteza que me devolvía la vida deteniendo la espada del verdugo, sobre el patíbulo de la Buytenhoff.
-Entonces ¿esperáis? -dijo Rosa sonriente.
-¡Oh! ¡Sí, espero!
-¿Y a mí, cuándo me llegará el turno de plantar mi bulbo?
-Os avisaré cuando llegue el primer día favorable; pero, sobre todo, no vayáis a haceros ayudar por nadie, no confiéis vuestro secreto a nadie; un aficionado, ¿comprendéis?, sería capaz, con sólo inspeccionar ese bulbo, de reconocer su valor; y sobre todo, sobre todo, mi querida Rosa, guardad cuidadosamente la tercera cebolla que os queda.
-Todavía está en el mismo papel donde vos la pusisteis y tal como me la disteis, señor Cornelius, escondida en el fondo de mi armario y bajo mis encajes que la conservan en seco sin alteraciones. Pero, adiós, pobre prisionero.
-¿Cómo, ya?