El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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Pero una mañana que Cornelius, absorto en la contemplación de su bulbo, en donde aparecía ya un punto de vegetación, no había oído subir al viejo Gryphus -hacía mucho viento aquel día y todo crujía en el torreón-, la puerta se abrió de repente, y Cornelius fue sorprendido con su vasija entre las rodillas.

Gryphus, viendo un objeto desconocido, y por consecuencia prohibido en manos de su prisionero, se lanzó sobre el objeto con más rapidez que el halcón sobre su presa.

El azar o aquella habilidad fatal que el espíritu del mal concede a veces a los seres maléficos, hizo que su gruesa mano callosa se posara desde el principio en medio de la vasija, sobre la porción de tierra depositaria de la preciosa cebolla, aquella mano rota por encima de la muñeca y que Cornelius van Baerle le había arreglado tan bien.

-¿Qué tenéis ahí? -gritó.

Y hundió su mano en la tierra.

-¿Yo? ¡Nada, nada! -exclamó Cornelius muy tembloroso.

-¡Ah! ¡Una vasija! ¡Tierra! ¡Hay algún secreto oculto aquí!.

-¡Cuidado, señor Gryphus! -suplicó Van Baerle, inquieto como la perdiz a la que el segador acaba de quitarle su pollada.


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