El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Así pues, saludó la oscuridad con un fuerte latido de su corazón; a medida que la oscuridad crecía, las palabras que había dicho la víspera a Rosa, y que tanto habían afligido a la pobre chica, se hacían más presentes en su mente; y se preguntaba cómo había podido decir a su consoladora que la sacrificaba a su tulipán, es decir, a renunciar a verla si era preciso, cuando en él la vista de Rosa se había convertido en una necesidad de su vida.
En la celda de Cornelius se oían sonar las horas del reloj de la fortaleza. Dieron las siete, las ocho, luego las nueve. Nunca un timbre de bronce vibró más profundamente en el fondo de un corazón como lo hizo el martillo al golpear por novena vez señalando esta hora.
Después, todo quedó en silencio. Cornelius apoyó la mano sobre su corazón para ahogar los latidos, y escuchó.
El rumor del paso de Rosa, el roce de su ropa en los peldaños de la escalera, le eran tan familiares que, desde el primer escalón subido por ella, se decía: «¡Ah! Ya viene Rosa.»