El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Aquella noche, ningún ruido turbó el silencio del corredor; el reloj señaló las nueve y cuarto. Luego, en dos sonidos diferentes, las nueve y media; después las nueve y tres cuartos; y finalmente, con su voz grave anunció no sólo a los huéspedes de la fortaleza, sino también a los habitantes de Loevestein, que eran las diez.
Aquella era la hora en la que Rosa abandonaba habitualmente a Cornelius. Había sonado la hora, y Rosa no había venido todavía.
Así pues, sus presentimientos no le habían engañado: Rosa, irritada, se encerraba en su habitación y le abandonaba.
-¡Oh! Realmente me he merecido lo que me sucede -dijo Cornelius en voz alta-. Ya no vendrá, y hará bien; en su lugar, yo hubiera hecho lo mismo.
Mas a pesar de esto, Cornelius escuchaba, esperaba, y seguía esperando. Escuchó y esperó hasta la medianoche, pero a medianoche dejó de esperar y, completamente vestido, y con el corazón transido de dolor, se echó sobre el lecho.
La noche fue larga y triste, hasta la llegada del día; pero el día no trajo ninguna esperanza al prisionero.