El Tulipan Negro
El Tulipan Negro A las ocho de la mañana se abrió la puerta; pero Cornelius ni siquiera giró la cabeza; había oído el paso pesado de Gryphus en el corredor, pero había percibido perfectamente que ese paso se aproximaba solo.
Ni siquiera miró hacia el carcelero.
Y, sin embargo, hubiera querido interrogarle para pedirle noticias de Rosa. Estuvo a punto, por extraña que esta demanda le hubiera parecido al padre de la joven, de hacerle esta pregunta.
Esperaba, en su egoísmo, que Gryphus le respondería que su hija estaba enferma.
A menos que hubiera algún suceso extraordinario, Rosa no venía nunca durante la jornada.
Cornelius, mientras duró el día, no esperaba, pues, nada en realidad. Sin embargo, en sus súbitos sobresaltos, en su oído tendido hacia la puerta, en su rápida mirada interrogando al postigo, se comprendía que el prisionero tenía la sorda esperanza de que Rosa cometiera una alteración en sus costumbres.
A la segunda visita de Gryphus, Cornelius, contra su costumbre, solicitó al viejo carcelero, con su voz más dulce, noticias sobre su salud; pero Gryphus, lacónico como un espartano, se limitó a responder:
-Va bien.
En la tercera visita, Cornelius varió la pregunta.