El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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-En fin -continuó Van Baerle, interrumpiendo ese silencio- todo cambia en la Naturaleza: a las flores de la primavera suceden otras flores, y vemos a las abejas, que acarician tiernamente a las violetas y a los alhelíes, posarse con el mismo amor sobre las madreselvas, las rosas, los jazmines, los crisantemos y los geranios.

-¿Qué quiere decir esto? -preguntó Rosa.

-Esto quiere decir, señorita, que vos habéis querido primero oír el relato de mis alegrías y de mis penas; habéis acariciado la flor de nuestra mutua juventud; pero la mía se marchita en la sombra. El jardín de las esperanzas y los placeres de un prisionero no tiene más que una estación. No ocurre como en esos bellos jardines al aire libre y al sol. Una vez realizada la siega de mayo, una vez cosechado el botín, las abejas como vos, Rosa, las abejas de fino talle, de antenas de oro, de alas diáfanas, pasan por entre los barrotes, desertan del frío, de la soledad, de la tristeza, para ir a buscar más lejos los perfumes y las calientes exhalaciones. ¡La felicidad, en fin!

Rosa miraba a Cornelius con una sonrisa que éste no veía, tenía la vista levantada al cielo.

Continuó con un suspiro:


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