El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -¡Buena y querida Rosa! -murmuró Cornelius lanzando sobre la joven una mirada donde había más de amante que de horticultor, y que consoló un poco a Rosa.
Luego, al cabo de un instante de silencio, durante el cual Cornelius había buscado por las aberturas del enrejado la mano fugitiva de Rosa:
-Así pues -continuó Cornelius- ¿ya hace seis días que el bulbo está en la tierra?
-Seis días, sí, señor Cornelius -asintió la joven.
-¿Y no aparece todavía?
-No, pero creo que mañana aparecerá.
-Mañana entonces, me daréis noticias de él al darme las vuestras, ¿verdad, Rosa? Me inquieto mucho por el hijo, como vos decíais hace un momento; pero me intereso muy de otro modo por la madre.
-Mañana -dijo Rosa, desviando la vista de la de Cornelius-, no sé si podré.
-¿Eh? ¡Dios mío! -exclamó Cornelius-. ¿Por qué mañana no podréis?
-Señor Cornelius, tengo mil cosas que hacer.
-Mientras que yo, no tengo más que una -murmuró Cornelius.
-Sí -respondió Rosa-, amar vuestro tulipán.
-Amaros a vos, Rosa.
Rosa movió la cabeza.
Se hizo un nuevo silencio.