El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Luego, con la mirada vuelta de cuando en cuando hacia el corredor, se decía: «Allá abajo está Rosa, Rosa que vela como yo, que como yo espera de minuto en minuto; allá abajo, ante los ojos de Rosa está la flor misteriosa, que vive, que se entreabre, que se abre. Tal vez en este momento Rosa tiene el tallo del tulipán entre sus delicados y tibios dedos. Toca ese tallo suavemente. Tal vez roce con sus labios su cáliz entreabierto; rózalo con precaución, Rosa, tus labios arden; tal vez en este momento, mis dos amores se acarician bajo la mirada de Dios.»
En aquel momento, una estrella se inflamó en lo alto, atravesó todo el espacio que separaba el horizonte de la fortaleza y vino a abatirse sobre Loevestein.
Cornelius se estremeció.
-¡Ah! -exclamó-. Es Dios que envía un alma a mi flor.
Y como si lo hubiera adivinado, casi en el mismo instante, el prisionero oyó en el corredor unos pasos ligeros, como los de una sílfide, el roce de una ropa que parecía un batir de alas y una voz bien conocida que decía:
-Cornelius, amigo mío, amigo mío bienamado y bienaventurado, venid, venid enseguida.
Cornelius no dio más que un salto de la ventana al postigo; una vez más sus labios encontraron los labios murmuradores de Rosa, que le dijo en un beso: