El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Se ahogaba de alegría y de felicidad. Abrió la ventana y contempló largo tiempo, con el corazón rebosante de dicha, el azul sin nubes del cielo, la luna que plateaba el doble río, destellando más allá de las colinas. Se llenó los pulmones del aire generoso y puro, el espíritu de dulces ideas, el alma de reconocimiento y de admiración religiosa.
-¡Oh! ¡Vos estáis siempre allá arriba, Dios mío! -exclamó, medio prosternado, con los ojos ardientemente tendidos hacia las estrellas-. Perdonadme por haber casi dudado de Vos en estos últimos días. Vos os ocultabais detrás de vuestras nubes, y por un instante dejé de veros, Dios bueno, Dios eterno, Dios misericordioso. ¡Pero hoy!, esta tarde, esta noche, ¡oh!, Os veo todo entero en el espejo de vuestros cielos y, sobre todo, en el espejo de mi corazón.
¡Estaba curado, el pobre enfermo; estaba libre, el pobre prisionero!
Durante una parte de la noche, Cornelius permaneció colgado de los barrotes de su ventana, con el oído presto; concentrando sus cinco sentidos en uno solo, o más bien, en dos solamente, miraba y escuchaba.
Miraba el cielo y escuchaba a la tierra.