El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -Decid: Amigo mÃo bienamado.
-¡Oh! Amigo mÃo…
-Bienamado, Rosa, os lo suplico, bienamado, bienamado, ¿verdad?
-Bienamado, sÃ, bienamado -dijo Rosa palpitante, embriagada, loca de alegrÃa.
-Entonces, Rosa, ya que habéis dicho bienamado, decid también bienaventurado, decid feliz como jamás hombre alguno haya sido feliz y bajo el cielo. No me falta más que una cosa, Rosa.
-¿Cuál?
-Vuestra mejilla, vuestra mejilla fresca, vuestra mejilla rosada, vuestra mejilla aterciopelada. ¡Oh, Rosa! Voluntariamente, no por sorpresa, no por accidente, Rosa. ¡Ah!
El prisionero terminó su ruego con un suspiro; acababa de encontrar los labios de la joven, no por accidente, no por sorpresa, como cien años más tarde Saint-Preux debÃa encontrar los labios de Julie.
Rosa huyó.
Cornelius se quedó con el alma suspendida en sus labios, el rostro pegado al postigo.