El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -¿No me habéis dicho vos misma lo que temíais con respecto a vuestro enamorado Jacob? Si se roba un florín, ¿por qué no robarían cien mil?
-Vigilaré, estad tranquilo.
-¿Y si en este momento se está abriendo?
-El caprichoso es muy capaz de ello -bromeó Rosa.
-Si lo hallarais abierto al entrar…
-¿Y bien?
-¡Ah, Rosa! Desde el momento en que se abra, recordad que no habrá ni un momento que perder para advertir al presidente.
-Y para preveniros a vos. Sí, comprendo.
Rosa suspiró, pero sin amargura y como una mujer que no solamente comienza a comprender una debilidad, sino a habituarse a ella.
-Regreso al lado del tulipán, señor Van Baerle, y tan pronto florezca, seréis advertido; una vez vos advertido, el mensajero partirá.
-¡Rosa, Rosa, ya no sé a qué maravilla del Cielo o de la Tierra compararos!
-Comparadme al tulipán negro, señor Cornelius, y quedaré muy halagada, os lo juro. Hasta la vista, señor Cornelius.
-¡Oh! Decid: hasta la vista, amigo mío.
-Hasta la vista, amigo mío -repitió Rosa un poco consolada.